¿Qué te pasa?

Hay en el día a día múltiples ocasiones en las que uno puede palpar el malestar en todas sus formas. Ocasiones rutinarias y ocasiones extraordinarias, claro. Un montón de momentos a cámara lenta, si uno está receptivo y sabe mirar, que no ver.

Momentos en los que la empatía está ausente en todo sentido: momentos de no estar para sobrevivir a esa realidad que te ningunea, te resbala o traspasaría tu umbral -de por sí alto- de dolor hasta la inconsciencia. Trozos casuales de estados anímicos expresados de muy diversas maneras.

Hombres y mujeres de muy diversa edad, orígen y condición pidiendo a las puertas de los supermercados mientras jubilados que entran a comprar en ellos son retenidos en caja e interrogados por la policía minutos después por llevarse una lata en el bolsillo.

Ex padres de familia que achacan a la crisis económica su reciente divorcio-separación cuando en verdad lo provocaron como tabla de salvación para salir de un mundo aburrido, predecible y preasignado que han llegado a aborrecer mientras se lamentan de haber perdido ‘sus oportunidades’ con la elección libre que hicieron en su día y que ya no les es válida en su propia crisis existencial.

‘Abnegadas’ madres que no saben ser otra cosa y han salido adelante gracias a su férreo crédito en los roles preasignados que dominan y explotan con singular maestría para no tener que ser jamás independientes por méritos propios. Su cuerpo ha hecho tus hijos y te jodes. Hablo de esas que no han pegado un palo al agua fuera de su estipulado papel y denuncian en falso por malos tratos, abuso de menores y lo que sea menester mientras putean a diestro y siniestro a su aún marido con chantajes, amenazas, humillaciones públicas, escenas, escándalos y toda otra clase inimaginable de recursos arteros llegando a la agresión física personal o delegada, al objeto de quedarse la casa, el coche, la cuenta bancaria, y todo lo que ni han sudado ni pretenden ganarse utilizando a sus propios hijos como rehenes para disfrutarlo a gusto con su nuevo partenaire.

Ninis que explotan a sus madres sin recursos agrediéndolas en el alma. Ellos y ellas. Haciéndoles la vida y la convivencia imposible. Alardeando un status que no tienen gracias a los esfuerzos de la que los parió en mala hora: les quieren pero son su cruz.

Minusválidos podridos de psicofármacos que aprenden a chupar del sistema desde dentro arrimando el cacho a la administración, la solidaridad, la buena fe y las ayudas sociales de manera tal que se aseguran un puesto a dedo de por vida en el funcionariado haciendo nada cuatro horas diarias y habiendo estudiado gratis, un autobús especial al que llaman como un taxi, unos tratamientos de críticos que la SS valora en 5000 euros mensuales y unos cuantos esclavos que cubran todas sus necesidades físicas: sus propios padres dependientes seniles que deberían estar en un centro conveniente y varios trabajadores explotados en condiciones pésimas. Auténticos parásitos que no quieren saber nada de los que en su misma o peor situación médica no cuentan más que con una madre y una exigua pensión de invalidez. Ésos que encuentran muertos porque necesitan atención 24h y su madre y única cuidadora ha muerto horas antes en la habitación contigua.

Señoras obesas jubiladas que obligan a base de insultos y vejaciones a una joven con una pierna escayolada a cederles el asiento en el autobús.

Niños que escupen a su canguro por no escupir a su madre ausente.

Todas esas ocasiones y ciento más se pueden notar en un día. Sin nada alentador que llevarse al ánimo hasta que ves al oriental que debe vivir en el barrio pasear un perrillo medio deforme y evidentemente deshauciado que apenas se sostiene sobre los cuartos delanteros temblando. No le quita la vista de encima, le cepilla, le levanta y le acaricia con una devoción inusitada para mí.

Si alguna vez os han mirado con tal grado de amor como el que ese perro dedicaba al que le quería, daos por satisfechos.

Imagen

Morgan Kovarija Havelah.